La Reforma Agraria se justificaba socialmente al dar al campesino la satisfacción de ser propietario; pero con el tiempo sólo podría mantenerla el hecho reiterado de que la remuneración del trabajo del campesino-propietario fuera mayor que la del campesino-asalariado. Y para esto era menester que la nueva agricultura resultara más lucrativa que la antigua; y para esto era preciso, a su vez, un mejor empleo de los factores de la producción: se requería que la dirección fuera más acertada, que surgiera un capital capaz de reemplazar con ventaja al del terrateniente, y que con capital y con técnica se superaran algunas de las más serias limitaciones naturales que estrangulaban a la agricultura mexicana de mucho tiempo atrás.
El problema era de visión e iniciativa, de técnica, de consistencia y de honestidad —y en todo la Revolución fue muy inferior a las exigencias. Careció de visión para abarcar el panorama de nuestra agricultura y sacar de él lo que con tanta razón podría llamarse la estrategia de la Reforma Agraria.
Faltó iniciativa, pues la Revolución despertó muy tarde a la idea de que la Reforma Agraria no era tan sólo un partir el latifundio y un dar los pedazos a los ejidatarios, como lo revela este hecho impresionante: la primera institución de crédito para la nueva agricultura y el ensayo inicial de reforma de la enseñanza agrícola son de 1925, es decir, posteriores en diez años a la primera ley agraria, la famosa del 6 de enero de 1915.
Faltó técnica, porque no se apreció desde el principio el hecho obvio de que el mero cambio de titular del derecho de propiedad no podía operar el milagro de remunerar mejor un esfuerzo cuyo ejercicio se repetía exactamente en las mismas condiciones físicas, económicas y técnicas. No se hizo un esfuerzo serio para averiguar qué cambios de cultivos y de métodos podían sortear mejor las condiciones desfavorables en que siempre ha vivido nuestra agricultura.
Constancia, bajo la forma de congruencia o consistencia, también faltó: se dieron a los campesinos las tierras, pero no los medios de transformar los productos que sacaban de ellas. Los molinos de trigo, las descascadoras de arroz, los ingenios de azúcar, las secadoras y tostadoras, las despepitadoras de algodón y los molinos de aceite siguieron siendo propiedad de los antiguos dueños de la tierra, es decir, de los enemigos de los ejidatarios.
Daniel Cosío Villegas
México, noviembre de 1946

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